Alemania y el 11-S: la célula de Hamburgo
BERLÍN, Alemania.— La historia de Alemania y el 11-S no comienza con una participación del Estado alemán en los atentados, sino con una revelación que sacudió al país después de la tragedia: algunos de los hombres que desempeñaron papeles centrales en la conspiración de Al Qaeda habían vivido, estudiado y se habían radicalizado durante años en Hamburgo sin ser detenidos antes de los ataques.
El 11 de septiembre de 2001, 19 integrantes de Al Qaeda secuestraron cuatro aviones comerciales en Estados Unidos. Dos impactaron contra las Torres Gemelas del World Trade Center, otro contra el Pentágono y el cuarto cayó en Pensilvania después de que pasajeros intentaran recuperar el control.
Casi 3 mil personas de decenas de nacionalidades murieron.
Pero cuando comenzaron las investigaciones apareció una conexión inesperada con el norte de Alemania.
Mohammed Atta, Marwan al-Shehhi y Ziad Jarrah, tres de los cuatro pilotos secuestradores, habían formado parte del entorno islamista conocido posteriormente como la célula de Hamburgo.
La Comisión del 11-S de Estados Unidos confirmó que Atta, Ramzi Binalshibh, Al-Shehhi y Jarrah conformaron un grupo estrechamente relacionado durante su estancia en Alemania y terminaron convirtiéndose en figuras clave del complot.
Alemania y el 11-S: Hamburgo se convirtió en pieza de la investigación
Mohammed Atta llegó a Alemania en 1992 para estudiar.
Se estableció en Hamburgo y cursó estudios de planificación urbana en la Universidad Técnica de Hamburgo-Harburg.
Los investigadores reconstruyeron posteriormente cómo sus posiciones fueron radicalizándose durante los años siguientes.
A finales de la década de 1990 se relacionaba estrechamente con otros jóvenes que compartían ideas extremistas y acudía a la mezquita Al-Quds.
La Comisión del 11-S documentó que Atta comenzó a frecuentar ese entorno religioso desde al menos 1997 y que progresivamente adoptó posiciones cada vez más radicales.
Ramzi Binalshibh, Marwan al-Shehhi y otros integrantes del círculo también vivieron en Hamburgo.
Atta, Binalshibh y Al-Shehhi llegaron incluso a compartir vivienda.
Aquella red se transformaría después en uno de los núcleos más importantes de la conspiración.
La radicalización no ocurrió únicamente dentro de una mezquita
Decir simplemente que Atta se radicalizó “en una mezquita” puede simplificar demasiado lo ocurrido.
La mezquita Al-Quds fue un punto importante de reunión, pero el proceso se produjo dentro de una red más amplia de relaciones personales, discursos extremistas y posteriores contactos con militantes relacionados con la yihad.
Uno de los nombres que aparece en las investigaciones es Mohammed Haydar Zammar, conocido dentro de la comunidad islamista de Hamburgo y que había combatido anteriormente en Afganistán.
La Comisión del 11-S señala que Zammar promovía abiertamente la yihad violenta y habría animado a miembros del grupo de Hamburgo a viajar a Afganistán.
A finales de 1999, Atta, Binalshibh, Al-Shehhi y Jarrah viajaron hacia Afganistán.
Allí entraron en contacto directo con Al Qaeda.
Osama bin Laden y otros dirigentes de la organización identificaron rápidamente una ventaja extraordinaria: hablaban idiomas occidentales, habían vivido durante años en Europa y podían desenvolverse con naturalidad fuera de Medio Oriente.
La organización los incorporó entonces al plan que terminaría golpeando Estados Unidos.
Mohammed Atta terminó como jefe operativo del ataque
Atta no fue únicamente uno de los pilotos.
La investigación estadounidense lo identificó como el comandante táctico de la operación.
Después de pasar por Afganistán, miembros del grupo regresaron a Occidente y comenzaron la siguiente etapa del plan.
Atta y Al-Shehhi llegaron a Estados Unidos en 2000 para recibir entrenamiento de vuelo.
Jarrah hizo lo mismo.
La Comisión del 11-S documentó que los tres hombres vinculados al círculo de Hamburgo se convirtieron posteriormente en pilotos de los aviones secuestrados.
Binalshibh no logró obtener una visa estadounidense, pero participó como coordinador del complot desde fuera de Estados Unidos.
Fue así como un grupo de estudiantes que había construido parte de su vida cotidiana en Alemania terminó en el centro del ataque terrorista más mortífero cometido en territorio estadounidense.
¿Fallaron los servicios de seguridad alemanes?
Esa pregunta dominó durante años parte del debate sobre Alemania y el 11-S.
Después de los atentados resultaba evidente que integrantes del grupo habían desarrollado actividades extremistas dentro del país.
Pero eso no significa que las autoridades alemanas conocieran previamente el plan del 11 de septiembre y decidieran ignorarlo.
La investigación posterior mostró un problema distinto: información fragmentada que no permitió identificar a tiempo la magnitud de la amenaza.
Algunas figuras del entorno radical eran conocidas por servicios de seguridad.
Sin embargo, las autoridades no reconstruyeron antes de los atentados la estructura que posteriormente sería conocida como la célula de Hamburgo ni descubrieron el plan contra Estados Unidos.
El propio Tribunal Constitucional alemán recordaría años después que, tras el 11-S, se supo que varios perpetradores habían residido en Alemania, lo que desencadenó una transformación profunda de las políticas de vigilancia y prevención.
Mounir al-Motassadeq fue condenado en Alemania
La justicia alemana terminó procesando a varios integrantes del entorno de Hamburgo.
El caso más importante fue el del marroquí Mounir al-Motassadeq.
Motassadeq había ayudado a integrantes del grupo mientras estos se encontraban fuera de Alemania, incluso ocupándose de asuntos financieros y administrativos. La Comisión del 11-S documentó ese apoyo.
Fue detenido después de los ataques.
En febrero de 2003 recibió una primera condena de 15 años, aunque aquella sentencia atravesó posteriormente recursos y nuevos procedimientos judiciales.
La sentencia definitiva llegó en enero de 2007, cuando un tribunal de Hamburgo volvió a imponerle la pena máxima de 15 años por complicidad en 246 asesinatos —las personas que viajaban en los cuatro aviones— y pertenencia a una organización terrorista.
Tras cumplir la mayor parte de su condena, fue liberado y deportado a Marruecos en octubre de 2018.
Alemania endureció sus leyes después del 11-S
El descubrimiento de la conexión de Hamburgo cambió profundamente la política de seguridad alemana.
Pocas semanas después de los ataques, el Gobierno encabezado por el canciller socialdemócrata Gerhard Schröder comenzó a impulsar nuevas herramientas contra el terrorismo.
En diciembre de 2001, el Bundestag aprobó el denominado Terrorismusbekämpfungsgesetz, uno de los grandes paquetes legislativos de seguridad posteriores al 11-S.
La reforma amplió las facultades de diferentes organismos de inteligencia y seguridad.
También reforzó el intercambio de información, los controles de entrada al país, determinadas verificaciones durante procesos de visado y las medidas contra organizaciones extremistas.
Fue uno de los cambios más importantes en la relación entre seguridad y libertades civiles dentro de la Alemania reunificada.
Alemania y el 11-S cambiaron también la vigilancia de datos
Uno de los métodos utilizados después de los ataques fue la denominada Rasterfahndung.
La técnica consistía en cruzar grandes bases de datos para buscar personas que encajaran en determinados perfiles asociados con posibles “durmientes” islamistas.
Por ejemplo, se analizaron datos procedentes de universidades, registros de población y otras instituciones.
Los perfiles utilizados podían incluir características como sexo, edad, condición de estudiante, país de nacimiento o religión.
El objetivo era encontrar a personas con características similares a las de integrantes de la célula de Hamburgo.
Pero el sistema abrió un debate enorme sobre privacidad.
Tribunal Constitucional puso límites a las búsquedas masivas
En 2006, el Tribunal Constitucional Federal estableció límites importantes.
La corte determinó que una búsqueda preventiva masiva de este tipo solamente era compatible con el derecho constitucional a la autodeterminación informativa cuando existiera un peligro concreto para bienes jurídicos de especial importancia.
Una amenaza general de terrorismo no era suficiente.
La decisión se convirtió en un ejemplo de cómo Alemania intentó equilibrar dos exigencias surgidas después de los atentados: prevenir nuevas células terroristas y evitar que la respuesta del Estado terminara debilitando derechos fundamentales.
El debate continuó.
En 2013, el Tribunal Constitucional volvió a intervenir sobre la base de datos antiterrorista y declaró incompatibles con la Constitución varias partes de la normativa que regulaba el intercambio de información entre organismos policiales y servicios de inteligencia.
Murat Kurnaz mostró el otro lado de la lucha antiterrorista
Quizá ningún caso alemán represente mejor los excesos posteriores al 11-S que el de Murat Kurnaz.
Kurnaz nació y creció en Bremen y tenía ciudadanía turca.
Tras viajar a Pakistán a finales de 2001 fue detenido y posteriormente enviado por Estados Unidos a la prisión militar de Guantánamo.
Permaneció allí durante años sin ser condenado por participar en los atentados del 11-S.
Agentes alemanes del BND y de la Oficina Federal para la Protección de la Constitución lo interrogaron en septiembre de 2002.
Según documentos posteriormente conocidos, aquellos funcionarios no encontraron indicios suficientes de que Kurnaz estuviera relacionado con Al Qaeda y llegaron a describirlo como una persona que probablemente había estado en el lugar equivocado en el momento equivocado.
Su posible regreso a Alemania provocó una crisis política
El caso se volvió todavía más polémico cuando surgieron indicios de que Estados Unidos había considerado liberar a Kurnaz ya en 2002.
Funcionarios alemanes discutieron entonces si debía permitírsele regresar al país.
La cuestión llegó años después hasta una comisión de investigación del Bundestag.
Documentos y testimonios mostraron que agentes estadounidenses habían planteado a sus homólogos alemanes la posibilidad de una liberación, aunque durante años existió controversia sobre si aquello constituía una oferta oficial y formal del Gobierno estadounidense.
Frank-Walter Steinmeier, entonces jefe de la Cancillería y actualmente presidente federal de Alemania, defendió la actuación de las autoridades y negó que hubiese existido una oferta formal de liberación que el Gobierno hubiera rechazado.
Kurnaz finalmente regresó a Alemania en agosto de 2006.
Su caso permanece como una advertencia sobre los riesgos de que las políticas antiterroristas sacrifiquen garantías individuales en nombre de la seguridad.
La solidaridad de Schröder llevó a Alemania a Afganistán
Las consecuencias de Alemania y el 11-S tampoco se limitaron a leyes, inteligencia y tribunales.
Después de los atentados, Schröder expresó la denominada solidaridad “sin reservas” de Alemania con Estados Unidos.
La OTAN activó por primera vez en su historia el artículo 5, que considera un ataque contra uno de sus miembros como un ataque contra todos.
Estados Unidos inició operaciones militares contra el régimen talibán en Afganistán en octubre de 2001 después de que este se negara a entregar a Osama bin Laden.
Alemania se incorporó posteriormente a la operación internacional.
La Bundeswehr participó durante casi dos décadas en Afganistán mediante las misiones ISAF y Resolute Support.
Afganistán se convirtió en la misión más dura de la Bundeswehr
Aproximadamente 160 mil militares alemanes participaron en algún momento de las misiones en Afganistán, según la Bundeswehr.
Las cifras oficiales actuales de las Fuerzas Armadas alemanas contabilizan 60 militares muertos como consecuencia de la misión, 35 de ellos por acciones hostiles.
La diferencia con cifras históricas que hablan de 59 se debe a actualizaciones posteriores en los registros oficiales.
La misión transformó a la Bundeswehr.
Alemania, cuya política militar posterior a la Segunda Guerra Mundial había estado marcada por fuertes restricciones, terminó participando durante años en combates, patrullas y operaciones de estabilización lejos de Europa.
El despliegue terminó en 2021, poco antes de que los talibanes recuperaran el control de Afganistán.
Veinte años de guerra terminaron con el regreso de los talibanes
La intervención occidental no consiguió construir un Estado afgano capaz de sobrevivir por sí mismo después de la retirada internacional.
En agosto de 2021, los talibanes entraron nuevamente en Kabul.
Dos décadas después de que el 11-S desencadenara la operación militar, el movimiento que Estados Unidos había expulsado del poder regresó al Gobierno.
Para Alemania, aquella retirada generó otro debate doloroso.
Miles de afganos que habían trabajado con instituciones alemanas quedaron en riesgo.
También comenzó una evaluación sobre qué había conseguido realmente la misión después de 20 años, miles de millones de euros gastados y decenas de militares muertos.
La Bundeswehr considera Afganistán uno de los despliegues internacionales más largos y determinantes de su historia.
El 11-S cambió mucho más que la seguridad alemana
Los atentados modificaron la política exterior, el sistema jurídico y la propia discusión social dentro de Alemania.
La amenaza del terrorismo islamista adquirió un peso que antes no tenía.
Las autoridades aumentaron la cooperación con servicios extranjeros.
La policía y la inteligencia obtuvieron nuevas herramientas.
Los tribunales tuvieron posteriormente que establecer límites.
Al mismo tiempo, comunidades musulmanas quedaron sometidas a una vigilancia y sospecha mucho mayores.
El desafío pasó a ser cómo identificar estructuras extremistas sin convertir religión, origen o nacionalidad en equivalentes automáticos de peligrosidad.
Ese debate sigue siendo relevante 25 años después.
Alemania no organizó el 11-S, pero parte de la trama creció en Hamburgo
Por eso es importante precisar qué significa hablar del “rol” de Alemania.
El Estado alemán no participó en la organización de los ataques.
Tampoco existe evidencia de que sus autoridades conocieran el plan específico y lo permitieran deliberadamente.
Lo que ocurrió fue que una parte fundamental de la red conspirativa se desarrolló en Hamburgo.
Tres futuros pilotos secuestradores vivieron allí.
Integrantes de la célula estrecharon relaciones, se radicalizaron y posteriormente viajaron a Afganistán, donde Al Qaeda terminó incorporándolos al complot.
La Comisión del 11-S considera al contingente de Hamburgo una pieza central en la evolución del plan.
Esa distinción es esencial para comprender correctamente Alemania y el 11-S.
Alemania y el 11-S, 25 años después
Un cuarto de siglo después, las imágenes del World Trade Center continúan representando uno de los momentos que redefinieron el siglo XXI.
Reuters recuerda que los cuatro aviones secuestrados provocaron alrededor de 3 mil muertes y desencadenaron guerras y políticas de seguridad cuyos efectos continúan presentes.
Para Estados Unidos, el 11-S cambió la política exterior y la seguridad nacional.
Para Alemania, añadió otra dimensión: descubrir que algunos de los principales conspiradores habían construido durante años una vida aparentemente ordinaria en Hamburgo mientras evolucionaban hacia el extremismo.
Después llegaron nuevas leyes, operaciones militares, investigaciones, errores y debates constitucionales.
También casos como el de Kurnaz, que recordaron que combatir el terrorismo no elimina la obligación de proteger derechos fundamentales.
Así, Alemania y el 11-S quedaron unidos no porque Berlín participara en los atentados, sino porque Hamburgo fue una de las ciudades donde tomó forma una parte crucial de la red que los hizo posibles.
Veinticinco años después, esa historia sigue siendo una advertencia en dos direcciones: los Estados necesitan detectar amenazas reales antes de que sea demasiado tarde, pero también deben evitar que el miedo convierta la seguridad en una justificación para abandonar las garantías del Estado de derecho.
Escrito por Juan Antonio Roman Morales



