EE.UU. y Canadá: ¿gana América Latina?
CIUDAD DE MÉXICO.— La creciente tensión entre EE.UU. y Canadá podría abrir oportunidades comerciales para algunos países de América Latina. Sin embargo, una ruptura profunda entre dos de las economías más integradas del planeta también tendría efectos negativos capaces de extenderse por todo el continente.
Washington impuso recientemente aranceles del 50 % sobre unos 20,000 millones de dólares en productos canadienses. Ottawa respondió con sus propias medidas de represalia, mientras las negociaciones comerciales entre ambos gobiernos quedaron estancadas.
Al mismo tiempo, el futuro del T-MEC enfrenta mayor incertidumbre. Estados Unidos decidió no renovarlo automáticamente por otros 16 años, aunque eso no significa que el acuerdo haya desaparecido. El tratado continúa vigente y ahora deberá someterse a revisiones anuales mientras los tres países negocian sus diferencias.
La pregunta para América Latina es evidente: si Canadá y Estados Unidos comienzan a buscar otros proveedores y mercados, ¿quién puede ocupar esos espacios?
Tensión entre EE.UU. y Canadá golpea la confianza comercial
Uno de los primeros efectos no aparece necesariamente en las exportaciones, sino en la confianza.
Durante décadas, Canadá, Estados Unidos y México construyeron cadenas productivas altamente integradas. El antiguo TLCAN y posteriormente el T-MEC se convirtieron en referencias para otros procesos de apertura comercial.
Ahora esa estabilidad está bajo presión.
El economista colombiano Javier Díaz, presidente de Analdex, considera que la política arancelaria estadounidense está debilitando la percepción de Washington como socio previsible.
El problema para las empresas es sencillo: una fábrica puede planificar inversiones a largo plazo cuando conoce las reglas. Si los aranceles cambian constantemente, aumenta el riesgo de invertir.
Esto puede empujar a gobiernos y compañías a buscar nuevos mercados en Europa, Asia y dentro de la propia América Latina.
El T-MEC sigue vivo, pero cambia su funcionamiento
Existe una precisión importante.
La revisión actual no equivale al fin del T-MEC.
Estados Unidos decidió no extender automáticamente la vigencia del acuerdo por un nuevo periodo de 16 años. Bajo las reglas del propio tratado, esto abre una etapa de revisiones anuales que puede prolongarse hasta 2036.
Además, Washington ya está negociando por separado con sus dos socios.
Estados Unidos y México realizaron durante 2026 varias rondas bilaterales centradas en reglas de origen, automóviles, acero, aluminio, agricultura y seguridad económica.
Canadá también reconoce que los acuerdos bilaterales pueden coexistir con la revisión trilateral.
Esto fortalece una tendencia señalada por el investigador mexicano José María Ramos, del Colegio de la Frontera Norte: Norteamérica podría mantener una elevada integración económica, pero mediante relaciones cada vez más bilaterales y sujetas a negociación constante.
México puede ganar importancia, pero también asume más riesgo
México aparece como un caso especial.
No puede simplemente alejarse de Estados Unidos.
Datos de la Secretaría de Economía muestran que 83.3 % de las exportaciones mexicanas en 2026 tienen como destino el mercado estadounidense.
Eso convierte a Estados Unidos en un socio prácticamente imposible de sustituir a corto plazo.
Sin embargo, la misma dependencia genera poder estratégico.
México tiene un papel fundamental en sectores como automóviles, autopartes, electrónica, maquinaria y manufactura avanzada. En mayo, vehículos y maquinaria estuvieron entre sus principales grupos de exportación.
Por ello, una fractura entre Washington y Ottawa podría aumentar el interés estadounidense en profundizar determinadas cadenas productivas con México.
Pero sería un beneficio acompañado de riesgos.
Cuanto más dependa México de negociaciones bilaterales con Washington, mayor será su exposición a cambios políticos, revisiones anuales y nuevas exigencias comerciales.
Nearshoring puede recibir un nuevo impulso
La reorganización también podría favorecer el nearshoring.
Estados Unidos quiere reducir su dependencia de China en productos considerados estratégicos.
Washington y México ya han discutido precisamente cómo disminuir la participación de terceros países en cadenas norteamericanas y fortalecer las reglas de origen dentro del T-MEC.
Esto podría favorecer inversiones en manufactura mexicana destinadas al mercado estadounidense.
Semiconductores, componentes electrónicos, automóviles, dispositivos médicos y maquinaria aparecen entre los sectores con mayor potencial.
Sin embargo, el nearshoring necesita algo que las actuales tensiones están debilitando: previsibilidad.
Una empresa difícilmente trasladará una fábrica multimillonaria si teme que las reglas arancelarias vuelvan a cambiar pocos años después.
Chile, Perú y Argentina pueden beneficiarse de los minerales
Otros países latinoamericanos tienen una oportunidad diferente.
La competencia global por cobre, litio y minerales críticos está creciendo.
Chile, Argentina, Bolivia y Perú firmaron precisamente este 28 de agosto una declaración para ampliar su cooperación en minerales estratégicos, atraer inversiones y presentarse como proveedores confiables para la transición energética.
La coincidencia es relevante.
Estados Unidos busca cadenas de suministro menos dependientes de China. Canadá también intenta diversificar sus relaciones comerciales ante el deterioro de su vínculo con Washington.
Sudamérica posee algunos de los mayores depósitos mundiales de cobre y litio.
Por ello, un escenario de fragmentación comercial podría aumentar el interés por proyectos latinoamericanos.
Pero nuevamente no existe una ganancia automática.
Extraer minerales requiere infraestructura, capital, permisos, estabilidad regulatoria y acuerdos de largo plazo.
Canadá también quiere reducir su dependencia de Estados Unidos
Ottawa tiene incentivos similares.
En 2024, el 75.9 % de las exportaciones canadienses de mercancías tenía como destino Estados Unidos. En 2025 esa proporción cayó al 71.7 %, mientras las exportaciones hacia otros países crecieron 17.2 %.
La actual disputa podría acelerar esa diversificación.
El sector energético ofrece un ejemplo especialmente claro.
Cerca del 90 % del petróleo canadiense exportado todavía se dirige hacia Estados Unidos. La crisis comercial ha reforzado las propuestas para ampliar la capacidad de transporte hacia la costa del Pacífico y vender más crudo en Asia.
Una Canadá más orientada hacia otros mercados podría también buscar nuevas relaciones comerciales con América Latina.
Agricultura, minería, energía, infraestructura y tecnología serían áreas naturales de cooperación.
Brasil podría obtener más influencia política que económica
Brasil aparece con frecuencia como posible beneficiario de una fractura norteamericana.
Su economía es más diversificada geográficamente que la mexicana y mantiene una relación comercial muy importante con China.
Eso le permite argumentar que depender excesivamente de un único socio aumenta la vulnerabilidad.
Para Javier Díaz, esta podría convertirse sobre todo en una ventaja política.
Brasilia puede utilizar las tensiones entre Washington y Ottawa como evidencia a favor de una estrategia exterior más diversificada.
Sin embargo, Brasil tampoco está aislado del proteccionismo estadounidense.
Washington ha impuesto durante 2026 nuevos aranceles sobre determinados productos brasileños, lo que demuestra que una menor dependencia no equivale a inmunidad frente a conflictos comerciales.
América Latina puede ocupar mercados desplazados
Existe otra vía de oportunidad.
Cuando dos países se imponen aranceles, algunos productos dejan de ser competitivos.
Un importador estadounidense que pague más por mercancía canadiense puede buscar alternativas.
Lo mismo puede ocurrir con una empresa canadiense que quiera reemplazar productos estadounidenses.
Eso abre espacios potenciales para:
- alimentos y productos agrícolas de Brasil, Argentina, Colombia o Perú;
- cobre y litio de Chile, Perú, Argentina y Bolivia;
- manufacturas mexicanas;
- energía y materias primas de distintos países de la región.
Pero estos beneficios suelen ser sectoriales, no nacionales.
Un exportador de frutas puede ganar mercado mientras una industria manufacturera del mismo país enfrenta costos más altos por la incertidumbre internacional.
Por eso resulta difícil identificar un único “ganador latinoamericano”.
La guerra comercial también puede perjudicar a toda la región
Una escalada prolongada tendría costos.
Estados Unidos y Canadá intercambian cientos de miles de millones de dólares al año y comparten cadenas productivas en automóviles, energía, alimentos, acero, aluminio y tecnología.
Una guerra comercial puede aumentar precios, reducir inversiones y frenar el crecimiento.
Canadá logró crecer a una tasa anualizada del 3.3 % durante el segundo trimestre de 2026, impulsado entre otros factores por una recuperación de las exportaciones. Economistas ya advierten que la nueva ronda de aranceles amenaza ese impulso.
Si las dos economías se debilitan, también pueden comprar menos productos latinoamericanos.
Por ello, ganar participación de mercado en algunos sectores no necesariamente compensaría una desaceleración de Norteamérica.
El choque también tiene una dimensión política
La relación alcanzó incluso niveles poco habituales de confrontación simbólica.
Donald Trump firmó el 27 de agosto una orden para utilizar oficialmente en Estados Unidos el nombre “Lake America” en lugar de Lake Ontario. La decisión solo tiene efectos en la nomenclatura federal estadounidense y no obliga a Canadá a adoptar el cambio.
Ottawa rechazó la medida.
Aunque cambiar un nombre no altera por sí mismo el comercio, refleja hasta qué punto la disputa económica está contaminando la relación política entre los dos países.
Y eso puede aumentar todavía más la incertidumbre empresarial.
China será decisiva para América Latina
Detrás de la tensión entre EE.UU. y Canadá existe además un actor fundamental: China.
Washington quiere que las cadenas productivas norteamericanas reduzcan su dependencia de proveedores chinos.
Canadá busca nuevos mercados.
México intenta conservar su acceso privilegiado a Estados Unidos sin quedar atrapado entre ambas potencias.
Sudamérica, mientras tanto, vende grandes cantidades de materias primas a China y busca inversiones tanto asiáticas como occidentales.
La competencia entre Washington y Pekín puede ofrecer oportunidades de negociación a los países latinoamericanos.
También puede obligarlos a tomar decisiones cada vez más difíciles sobre tecnología, inversión, infraestructura y comercio.
¿Gana entonces América Latina?
La respuesta corta es: algunos sectores pueden ganar, pero América Latina en conjunto no necesariamente.
México puede volverse todavía más estratégico para Estados Unidos, aunque también más vulnerable a sus decisiones.
Chile, Perú, Argentina y Bolivia pueden atraer mayor atención por sus minerales.
Brasil puede reforzar su discurso de diversificación.
Otros exportadores pueden aprovechar temporalmente mercados que Canadá y Estados Unidos dejen de atender entre sí.
Pero una ruptura profunda del comercio norteamericano generaría menor crecimiento, más incertidumbre y cadenas de suministro menos eficientes.
La verdadera oportunidad para América Latina no consiste en esperar que dos grandes socios comerciales se perjudiquen mutuamente.
Consiste en aprovechar este periodo para diversificar mercados, aumentar el valor agregado de sus exportaciones y reducir dependencias excesivas.
Si logra hacerlo, la tensión entre EE.UU. y Canadá podría acelerar una transformación económica regional.
Si no, América Latina podría terminar descubriendo que en una guerra comercial entre grandes economías también existen muchos perdedores lejos del campo de batalla.
Escrito por Juan Antonio Roman Morales



